Hasta la llegada de la fotografía digital una fotografía es el rastro que una variación de luz reflejada por los objetos del mundo exterior deja sobre un soporte sensibilizado por cristales de halogenuro de plata. La imagen fotográfica sería, usando la terminología de Peirce, un indicio, es decir, un signo que mantiene o ha mantenido con su referente una relación de conexión física. A diferencia del indicio, el icono se define por una simple relación de semejanza atemporal y el símbolo por una relación de convención general.10 Es el principio de conexión física con el objeto referencial el que determina al signo indicial; se trata de una relación del orden de la singularidad –la huella en la placa sólo puede ser una– y del atestiguamiento –la fotografía autentifica la presencia de lo fotografiado–. La fotografía es un rastro, una huella, una marca. Esto nos hace superar la concepción de la fotografía como imagen que se asemeja o imita a la realidad, con todos los problemas epistemológicos que ésta conlleva, y nos coloca en otro nivel de relación entre la representación y la realidad. En ella se produce el desplazamiento, como afirma Philipe Dubois, desde una estética de la mimesis, de la analogía y de la semejanza (orden de la metáfora) a una estética de la huella y del contacto (orden de la metonimia). Esta idea de la fotografía como imagen en la que descansa o queda impresionada la misma realidad fue la razón por la que, aunque muy discutida como práctica artística, la imagen fotográfica disfrutara hasta mediados del XX del estatus casi indiscutible de imagen fiel o verdadera, algo que hizo posible su temprano uso testimonial tanto en el ámbito policial-jurídico como en el científico-documental.
De: LA MIRADA COMO ACCIÓN. NUEVAS PROPUESTAS DE AUTENTIFICACIÓN DE LA IMAGEN. MARIO GÓMEZ LÓPEZ)
10 Dubois, P. (1986): El acto fotográfico. De la representación a la recepción. Paidós, Barcelona, p.56